Sobre L. J. Martín Del Barrio


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Tras más de cuarenta años escribiendo canciones, me lanzo al apasionante territorio de unir palabras sin acordes que las arropen. Como Javi Martín seguiré siendo cantautor —la música me embaucó hace demasiados años como para abandonarla sin más—, pero ahora recupero mi nombre completo para disfrutar de la escritura en estado puro y compartir mi particular mirada del mundo.
Como en mis canciones, la ternura, el optimismo, la ironía y esa complejidad —a veces ambigua— que define al ser humano se asomarán entre las páginas de mis futuros proyectos literarios.
Si tuviese que buscar un "culpable" al que atribuir mi pasión por la escritura, ese sería don Venancio. Os lo presento AQUÍ, en lo que es el primer capítulo de un libro que está en fase de gestación.
Don Venancio
Venancio Gorosquieta Borja fue mi profesor de Lengua castellana en 8º de EGB en Escolapios. Don Venancio. Porque por aquel entonces todos los profesores llevaban el “don” o el “padre” delante, además, claro, del correspondiente mote. Quizá me falle la memoria, pero a Don Venancio no le habíamos adjudicado ninguno. Este hombre —que, si sigue vivo, dato que desconozco, tendrá ahora 89 años— espero que continúe, como desde que se jubiló, dedicándose a escribir poemas.
Y no, como decía, no le recuerdo ningún apodo. Como mucho, me viene a la memoria “Don Buenancio”, porque los que entonces fuimos sus alumnos (no he cometido desliz lingüístico de género: éramos todos chicos; por supuesto, hablamos de un colegio religioso en la década de los 70), sabíamos que era un buen hombre. Algunos éramos listos, otros cabrones, y más de uno reunía las dos cualidades, pero creo que todos estábamos de acuerdo en ello. Supongo que también sería buen profesor, pero lo que sé con certeza es que era una persona distinta a las que estábamos acostumbrados a ver en las aulas de ese colegio, donde además de tizas y borradores volaban reglazos, tortazos, coscorrones, tirones de pelo, cabezazos contra la pizarra y otras barbaridades que, para quien no las ha vivido, pueden parecer inventadas. Pero no. Allí volaban hostias de todo tipo: las de misa y las de los pupitres.
Quizá por eso me he acordado hoy de él. Porque era, sencillamente, bueno. No simpático, ni carismático, ni moderno, ni enrollado con los alumnos. Bueno. Una palabra que parece que ha pasado de moda, que suena blanda, inofensiva, casi tonta. En esta época donde todo el mundo quiere ser brillante, rápido, eficaz o “de los que no se dejan pisar”, ser bueno parece una desventaja. Un error de cálculo. Un fallo de fábrica. “Es que no se puede ser tan bueno” —me ha tocado oír en reiteradas ocasiones—, o “hay que ser un poco más pillo si quieres triunfar”. Y lo cierto es que, precisamente por serlo, al bueno de Don Venancio le tocó sufrir nuestras maldades más que al resto de curas y profesores. Ellos, sin duda, se lo merecían más, pero no nos atrevíamos tanto.
Y hablando de personas buenas, no puedo evitar pensar también en mi padre. Otra persona buena de las de diccionario, a quien tanto echo de menos. Él añadía eso de “de bueno a tonto hay un paso, hijo”. Es una pena que los libros no tengan audio, porque lo acabo de decir en voz alta y, modestamente, debo decir que imito muy bien su voz. Y eso que todavía no he llegado a los 90… no quiero imaginarme entonces. Aprendí de él a ser una persona noble, fiel, cumplidora, servicial… buena, en una palabra. Y me siento tan orgulloso de ello… Menos mal que nadie me lee, porque podría parecer arrogante, pero es lo que hay y lo que soy. Tal cual.
Inevitablemente también recuerdo a mi madre al hablar sobre la bondad, pero estoy seguro de que sobre ella exclusivamente surgirá otro capítulo.
Y sin embargo, Don Venancio —con su hablar pausado, sus zapatos lustrosos y ese cuaderno donde lo anotaba todo— fue quien un día, después de leer en clase una redacción mía, se acercó a mi pupitre y, con su voz suave y ese pequeño temblor característico de su boca, me dijo:
“Sigue escribiendo, chaval, que tienes futuro.”
Así, sin más. Como quien no sabe que está empujando un tren que llevaba años parado. Con esa frase me abrió caminos. Vías. Carreteras. Cielo. Los profesores sabemos bien —aunque no siempre lo aplicamos tanto como deberíamos—, el poder que tienen las palabras cariñosas y el refuerzo positivo. Yo fui un afortunado testigo de ello e intento aplicarlo cada día en mis clases.
Gracias a Don Venancio estoy escribiendo este libro. Gracias a él no he parado de escribir, de un modo totalmente amateur pero con pasión, poemas y canciones donde me he desnudado y he disfrutado de la magia de unir palabras según te dicte el corazón.
Quizás sí que debería leer alguien este libro o al menos este capítulo. Él. Quizás estos modestos textos deban ser un pequeño homenaje a este hombre que me sumergió en el mundo de las letras y la bondad.
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